La miro con el rabillo del ojo.
Me mira con sus párpados a media asta.
Pulgar hacia abajo a las palabras.
Uno, dos, tres.
Sus pasos resuenan en mi cabeza.
Y destruyen el silencio que nos separa.
Cabellos sobre sus hombros.
Ojos pistacho.
Su aliento acaricia mi mentón.
Tiembla mi interior.
Brillan sus ojos.
Sonrío.
Sonríe.
Siento la brisa de sus pestañas.
El sonido de sus pensamientos.
Entreabro los labios.
Suspira.
Cierra los ojos.
Nos perdemos entre nuestros brazos.
Nos fundimos en nosotros.
Sus pechos contra mi pecho.
Su abdomen contra mi abdomen.
Sus piernas contra mis piernas.
Enredo de pies, de latidos, de suspiros.
La línea de su columna marcando el camino hacia el sur.
Mis ganas fluyen.
Mis dedos navegan sin rumbo en el océano de su espalda.
Sus dedos se pierden entre mis omóplatos y mi cintura.
Solo se escuchan nuestras respiraciones.
Su pelvis se pega a mi pelvis y ya es tarde para todo.
Se detienen los relojes.
Se congela el relato.
El calor que emana de su carne.
La cercanía de su entrepierna.
La miro a los ojos.
Aprieta sus párpados.
Y la beso en los labios.
Lenguas enloquecidas,
Mordiscos en celo,
Humedades candentes.
Desesperados.
Encendidos.
Ángeles sin alas.
Demonios sin infierno.
Crece la humedad.
Estalla su pecho en latidos.
Enrocas mis ganas.
Lamo sus dedos.
Nada nos puede parar.
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